En una casona vieja en las afueras de la ciudad, un grupo de individuos sostenían una charla rutinaria en el salón principal.
Del techo colgaban candelabros ostentosos que mantenían la luz encendida muy a su pesar. Una alfombra verde esmeralda conjugaba en el suelo combinando perfectamente con el tapiz anticuado de las paredes. En el centro, una mesa redonda ocupaba un amplio territorio. Sólo tres de ocho sillas estaban ocupadas por los individuos; el cuarto individuo caminaba hacia el alto ventanal con las cortinas corridas. Llevaba las manos entrelazadas a su espalda.
Los cuatro muchachos vestían de la misma manera, con ropas de sastre de telas muy finas. Portaban pantalón y camisa oscuros, y un saco de terciopelo perfectamente confeccionado. Y sus zapatos estaban extremadamente limpios, como si los acabaran de comprar.
De sus cuellos pendían una cadena de gruesa plata, de la cual una gema azul oscilaba de un eslabón.
-¿Quien sigue en la lista? -inquirió el muchacho de ojos verdes que estaba contemplando el oscuro horizonte desde la ventana. Su cabellera larga hasta los hombros y rebelde, difería de toda su elegante postura.
-Rachel Smiths -contestó uno de los tres que estaban sentados a la mesa. Parecía mayor que los otros dos y su cabello era el más llamativo de todos, rizado y esponjoso. Sostenía una agenda negra entre las dos manos.
-¿Y? -resopló otro, uno de ojos avellana y labios color rosa. El más joven de los cuatro.
-Estudiante de Derecho, notas promedio; le interesan los libros y las manualidades; su comida favorita es la lasaña, de postre el pastel de chocolate; las películas de misterio y romance son sus preferidas; odia los lunes; le gusta salir a caminar cada mañana de los domingos; hace deporte; ve caricaturas por las noches; y tiene de mascotas un perro llamado Hernie, un hurón llamado Terry, una tortuga llama V y un pez dorado que se llama Simon -respondió el de cabello esponjado.
-Eso es lo que menos importa -bufó el ultimo de los muchachos, uno que portaba gafas de monturas gruesas, y era el más flacucho-. ¿Qué edad tiene?
-En doce días cumplirá 20, y antes de que hagan otra insulsa pregunta, les terminaré de informar: su tipo de sangre es O negativo, para que sepan -farfullò el melenudo.
-¡Perfecta! -gimió el de ojos verdes, volvió hacia la mesa a pasos largos-. La más dulce.
-¿Qué dices Gerard? ¡Es muy joven! -reclamó el de ojos avellana, girando en dirección a Gerard.
-Teníamos casi la misma edad al renacer, Frank. Gerard tiene razón -secundó el de lentes.
-Muy bien, Mikey está de acuerdo conmigo. Sólo necesitamos su sangre y nada más -esbozó Gerard, sus labios se curvaron hasta formar una maliciosa sonrisa-. Ray ¿dónde está ahora? -preguntó, dirigiéndose al melenudo.
Éste cerró los ojos, se llevó una mano hasta el puente de la nariz para concentrarse en vislumbrar algún lugar con la mente. Los pensamientos de Ray viajaban de un lugar a otro, entre oscuridad, calles desiertas en penumbra, avenidas transitadas por los automóviles, parques, tiendas y demás. Era como si él estuviera ahí, entre cada lugar que veía mentalmente. Pronto encontró una cafetería, veía a través del cristal a una chica pidiendo un café. Su visión se acercó a ella evadiendo cada obstáculo, vidrio, mesas, personas... hasta llegar a contemplarla de perfil.
Era pequeña, esbelta y de piel de porcelana, su cabello estaba recogido en una coleta con el flequillo suelto cubriendo su frente. Volvió rápidamente para ir a la caja y pagar el café que había ordenado. Como sus movimientos eran ágiles, su vestido tambaleaba de un lado a otro alrededor de sus piernas, quedándose quieto sólo en la parte superior ya que estaba cubierta por una chaqueta pequeña.
La chica dio la vuelta girando sobre sus talones, con suma distinciòn, sólo para recoger su café y marcharse...
-En la calle 5, está a punto de salir de un café -respondió Ray, volviendo a abrir los ojos-. Mikey, muéstrame la fotografía -le dijo al chico con anteojos.
El flacucho sacó de debajo de la mesa un sobre amarillo que escondía, lo abrió y mostró a todos la fotografía de Rachel Smiths. Él mismo la había tomado. La muchacha se apreciaba de frente, descuidada obviamente. Ante todo, sus ojos azules resaltaban sobre la imagen, sin embargo sus pómulos pronunciados y el cabello marrón enmarcaban perfectamente sus rasgos.
-Es ella - dijo Ray.
-Vamos ahora -conminó Gerard, fijando las manos sobre la mesa.
-No podemos ir así nada más, hay que planearlo bien -refutò Frank, haciéndole frente a la profunda mirada de su líder.
-Pero tampoco podemos esperar más Frank, esos traidores deben estarla cazando también -intervino Mikey.
-¿Sigue ahí, Ray? -habló Gerard, nuevamente.
-Está por cruzar la puerta -respondió éste.
-Decídete ahora Frank -ordenó Gerard-, si no estas seguro no podremos hacerlo. Tienes tanta hambre como yo ¿no?
Frank tanteó por menos de un segundo, con la mirada perdida en algún punto de la pared. Después volvió a encarar a Gerard cediendo a su petición. En los ojos de Gerard un brillo especial impregnó sus pupilas negras, expandiéndose sobre el iris verde.
-Es hora -dijo por ultimo.
Ray, Mikey y finalmente Frank, se levantaron de sus sitios, con el semblante serio y frío que los caracterizaba. Entonces Ray dejó ver sus pensamientos a los demás y así los otros muchachos pudieron ver su lugar de destino.
Formaron un semi circulo, cerraron los ojos y tan pronto hicieron esto un halo oscuro comenzó a enfundarlos hasta que desaparecieron de la habitación, dejando únicamente un rastro de nube blanca que enseguida empezó a desvanecerse.
La casa había quedado vacía, abundando en ella un olor a soledad y pesadez... las luces de los candelabros se apagaron solas segundos después.
[...]
Rachel había salido del café cerrando la puerta de cristal. De su hombro pendía un bolso pequeño que hacia juego con sus zapatos de tacones altos, y en su mano llevaba el café caliente.
No había avanzado más de dos metros cuando divisó a lo lejos una elegante silueta caminando en su dirección. Estaba muy oscuro y Rachel hacia lo posible por forzar su visión para ver como era el que se acercaba.
Desde el techo del café, Mikey y Ray vigilaban la escena, asegurando la zona de cualquier peligro o cualquier enemigo que pudiera acercarse y arruinarlo todo.
-Ésta no creo que sea tan facil -susurró Mikey, estaba con los brazos cruzados sobre el pecho.
-Pero olvidas que tu hermano nunca falla -respondió Ray, confiando en su lider.
Frank se ocultaba en un callejón entre el café y el edificio contiguo, había agudizado el oído para escuchar todo lo relevante a su alrededor. Sin embargo, se había distraído con las palabras de Ray. "Gerard nunca falla", farfulló mentalmente enfurecido. Cerró los puños con fuerza mesurando la rabia...
Mientras esto ocurría, Gerard caminaba con exquisitez hacia la chica. No la observaba, pero aún así podía percibir cada emoción que emanaba de ella.
Ya estaban lo suficientemente cerca para poder verse con claridad. Rachel observaba sin disimular a Gerard, aminorando su paso. En cambio él estaba concentrado en otro punto: los tobillos de la muchacha. Justo cuando se posicionó a un lado de ella ésta se tambaleó, tropezando con una grieta diminuta que había en la acera.
Rachel iba a caer, había soltado su café. Gerard la miró de reojo, todo ocurría como en cámara lenta para su percepción. Giró suavemente hacia ella, estiró los brazos y logró sujetarla por la cintura evitando que se estampara en el suelo. Incluso se dio el lujo de atraerla hasta su cuerpo, ahora sus rostros quedaron frente a frente.
-¿Estás bien? -indagó él, con una voz aterciopelada.
Ella no podía ni respirar, mucho menos responder a la pregunta de Gerard. Había caído bajo las armas de él Sus delicadas manos envolvían los hombros del muchacho, podía oler el fuerte aroma que despedía. No lo pudo reconocer, pero era exquisito para sus sentidos.
-Creo que sí -respondió Rachel, volviendo el rostro al suelo para ver el café regado cerca de sus pies.
Todo marchaba bien según como Mikey, Ray y Frank observaban. Pero entonces algo surcó por los pensamientos de Gerard interrumpiendo sus planes. Elevó la vista hacia el cielo oscuro, esperando lo peor.
-¡Gerard! -exclamó Mikey para alertar a su hermano, en cuanto también pudo percibir las tres presencias que los acechaban.
Mikey y Ray se movilizaron, de un brinco bajaron hacia el callejón donde Frank hacia guardia.
Rachel aún estaba entre los brazos de Gerard ignorando el por qué del extraño comportamiento del muchacho, y buscando con la mirada el origen del nombre que acababa de escuchar.
-¿Qué pasa? -pronunció Rachel, con cierto nerviosismo.
-No hables -le ordenó Gerard, tajante. Finalmente, soltó el cuerpo de Rachel para aferrarse a su brazo. La jaló con fuerza, guiándola hasta el tétrico callejón donde los demás aguardaban.
-Están aquí Gerard, ¿ahora qué? -escupió Frank, poniendo los ojos sobre la muchacha, quien comenzaba a temblar al no saber lo que ocurría ni quienes eran estos muchachos que de pronto la habían rodeado.
La joven desviaba la mirada, repasando a cada uno de los chicos a su alrededor. Su corazón latía con más velocidad a cada segundo que pasaba. Un miedo espectral se estaba apoderando de ella.
-¿Quienes son ellos? ¿quien eres tù? -quiso saber Rachel, apuntando a Gerard en el pecho. Intentó safarse de él pero resultó imposible, su mano era firme y dura.
-Calla -indicó Frank con un gruñido y los ojos puestos en el cielo.
En ese momento los cuatro jóvenes le dieron la espalda, rodeándola y formando un escudo impenetrable.
-Frank, tù protegerás a Rachel. Nosotros nos quedaremos a pelear -dijo Gerard.
El rostro de la chica cambió dramáticamente, estaba horrorizada. ¿Cómo es que sabían su nombre? ¿Quien era Frank? ¿De qué debía protegerla? ¿Por qué habría una pelea y contra quienes pelearían? Y es que la chica no lograba ver a nadie más que a ellos... Todo esto recorría los pequeños y difusos pensamientos de Rachel Smiths.
Un segundo más tarde, Frank se dio la vuelta para quedar de frente a la muchacha. El rostro de terror de Rachel no hizo que Frank se conmoviera ni un poco, al contrario, pareció molestarse más. Al final, soltó un bufido, sujetó la muñeca de la muchacha y la comenzó a guiar a largas zancadas a lo profundo del callejón.
Aquello había sido una mala idea. De entre las tinieblas, una figura escurridiza se materializó. Un joven rubio, de ojos azules y cuerpo un tanto robusto apareció ante la mirada de ambos.
-Bryar -escupió Frank, sin sorprenderse. De hecho era lo que esperaba, sus enemigos solían ser predecibles-. Maldito bastardo...
A Rachel se le escapaba cada gramo de cordura. No podía entender cómo alguien haría para aparecer en medio de las sombras. Todo le parecía una horrenda pesadilla. El tiempo no la dejaba asimilar todo lo que estaba pasando, y es que el tiempo para los humanos transcurre de un modo menos... perceptible.
Frank no quiso esperar más, podría resultar contraproducente para Rachel. Giró sobre sus talones y rodeó el cuerpo de la muchacha con sus brazos. Cerró los ojos y en ese momento los dos comenzaron a desaparecer dejando el humo blanco levitando en el lugar donde ellos habían estado.
Bob Bryar quedó solo, contemplando el escape de Frank, limpio, rápido y sin ninguna dificultad. Le costaría caro. Su rostro se llenó de ira.
Cuando el humo se disipó, una nueva figura apareció ante sus ojos celestes. El siguiente sujeto se dejó ver bajo los rayos tenues de la luna llena, al dar un paso más.
-¿No te lo esperabas, Bob? -cantó Gerard, burlesco y con una sonrisa malevola pintada en sus delgados labios.
El rubio no contestó para lanzarse contra Gerard, haciéndolo caer al suelo con brusquedad. Con sus manos aferradas a la cabeza de éste planeaba enterrarle las uñas largas y bien afiladas. Bob Bryar quería desgarrarle la carne, sacarle los ojos, destrozar todo su hermoso rostro... pero no lo consiguió.
Gerard permanecía inerte, con los brazos a los costados y aguantando todo el peso de su enemigo. Comenzó a soltar una suave y prolongada carcajada de burla y astucia.
-Qué idiota eres Bob, necesitas más que tus pobres uñitas para herirme -dijo Gerard.
Entonces esto se volvió una confrontación de gruñidos, a pesar de todo Gerard sólo se estaba divirtiendo.
-Ya veremos quien ríe a lo ultimo Gerard.
-Nada te funcionará -contestó sonriendo una vez más.
No pasó ni un segundo cuando Gerard decidió actuar. Levantó las piernas hasta llevarlas a la nuca de Bryar para enredar los pies en su cuello. No le costó nada obtener su objetivo, lo tenia bien agarrado y a pesar de el único intento de Bryar por zafarse, Gerard consiguió jalar de sus piernas para lanzarlo contra la pared. Bob emitió un gritó colérico al momento del impacto, que inundó los complacidos oídos de Gerard.
A continuación se levantó con un movimiento ágil para después sacudirse las ropas elegantes con las manos. El exceso de polvo quedó flotando al aire. Se acercó un poco para cerciorarse que había lastimado a Bob, quería verificar que estuviera allí votado y furioso...
-Maldito imbécil -susurró, cuando ya se había acercado y pudo corroborar lo inesperado: que no había nadie en el suelo ni en la oscuridad.
Decidió darse la vuelta y comenzar a correr hacia la salida del callejón, regresando a donde la pelea había dado su inicio. Lo primero que vio fue a Mikey batallando contra un muchacho con la cabeza rapada, estaba atrapado bajo los brazos más gruesos de su enemigo. Y luego Ray, forcejeando contra otro de cabello castaño, ambos se sujetaban por los brazos sin dar pauta a ganar al otro. Gerard supo que estaban débiles, era de esperarse puesto que no se habían alimentado en más de una semana y dado a esto, no podían sostener una dura pelea por mucho tiempo.
Cuando Gerard estuvo más cerca como para poder ayudar a alguno de sus amigos, estos se detuvieron en seco para no hacer ningún ruido y escuchar claramente. Era la sirena de una patrulla de policía.
-Esos humanos imbéciles han llamado a la policía -espetó el que luchaba contra Ray, soltándolo poco a poco. Ray reaccionó de la misma manera.
En ese momento los enemigos se unieron para desaparecer, dejando una espesa neblina rojiza en su lugar.
-¿Ganamos? -preguntó Ray, incrédulo.
-No lo creo -respondió Mikey, reparando su semblante y acomodándose los anteojos-, ellos no se rinden así de fácil. Saben que no podremos alimentarnos hasta que la chica se tranquilice.
-Es verdad, así que se salieron con la suya -intervino Gerard, acercándose a sus compañeros-. Ya deben estar planeando una emboscada. Será mejor que nos vayamos antes de que la patrulla llegue. Además, Frank no se la ha de estar pasando bien con la muchacha.
Mikey y Ray asintieron, un segundo después se esfumaron del lugar. Pero Gerard sin embargo, aguardó un corto lapso de tiempo más. Sostenía entre una mano su gema azul que tenía la forma de un durazno pequeño, la acariciaba con los dedos advirtiendo algo sumamente sorprendente... tenia una grieta.
[...]
La enorme casona que alguna vez permaneció en silencio y serenidad bajo el resguardo de sus cuatro dueños, ahora estaba siendo sometida a gritos histéricos de Rachel Smiths.
Frank estaba sentado ante la puerta de un armario, en una de las habitaciones de la planta alta, evitando que las patadas de la chica en el interior destruyeran la portezuela de madera.
Mikey, Ray y Gerard aparecieron de pronto en la misma habitación. Sus rostros expectantes parecían contener una burla al ver la cara de frustración de Frank.
-¡Ya era hora! -gimió Frank.
Gerard rodó los ojos, soltó un bufido y terminó por cruzarse de brazos.
-Se suponía que ibas a protegerla... y tranquilizarla -profirió Mikey.
-Es imposible, está histérica -gritó Frank moviendo una mano en el aire, resignado.
En ese momento la muchacha comenzó a patalear y gritar con más fuerza. Rachel no entendía lo que pasaba, creyendo que la habían secuestrado.
-¡Déjenme salir! -exigió en un aullido.
El muchacho más joven se levantó grácil. Gerard aprovechó la oportunidad para acercarse y calmar el histerismo de la joven. Abrió la puerta y allí estaba ella, asustada y temblando como un cachorro perdido, con los ojos humedecidos del llanto y los labios curvados hacia abajo.
-¿¡Qué quieren de mi!? -chilló la muchacha, con la voz quebrada.
-Salgan, le explicaré todo -susurró Gerard, ladeando un poco la cabeza centrando los ojos en Rachel.
-¿Qué es lo que tienes que explicarme? -inquirió Rachel, mientras los tres muchachos salían de la habitación.
-Primero levántate y compórtate decentemente -sugirió Gerard, en un tono más amable aunque no dejaba de ser autoritario.
-¿No me harás daño?
Gerard negó moviendo suavemente la cabeza.
La muchacha reparó sobre sus talones, se acomodó el vestido y el cabello disimuladamente. Antes de que saliera, Gerard le ofreció un pañuelo blanco para que limpiara su rostro acongojado.
-Puedes acomodarte en esa cama -Gerard señaló detrás de sí-, tranquilízate.
La chica caminó a pasos lentos e inseguros hacia la cama, pensando que no tenia otra opción. Si iban a matarla o lo que fuera, no le costaba nada obedecer a lo que le pidieran. Aunque tampoco podía confiar lo suficiente, de hecho no sabia qué pensar con exactitud. Cuando llegó hasta la orilla del colchón para sentarse, Gerard volvió a abrir los labios para hablar.
-Estás en peligro Rachel -soltó el chico tan pronto como vio a la muchacha sentada-, los tipos que nos acorralaron en el callejón quieren asesinarte. Descuartizarte para ser más precisos.
El labio inferior de Rachel cayó un poco, dejando su boca abierta por la estupefacción. Sacudió la cabeza y cerró los ojos. No podía creer lo que acababa de escuchar, apenas y se había sentado en una cama que no era suya, en una casa donde jamás había estado, con un muchacho extraño y sobrio, y sólo así le decía que unos tipos querían matarla. Era algo totalmente inconcebible. La poca cordura que le quedaba estaba llegando al extremo de rozar con la vesania.
-¿C-como di-ces? -balbuceó Rachel, su cuerpo comenzó a tiritar-. ¿Por qué? ¿Qué les he hecho? ¡No puedo creértelo!
-Ya te dije que te calmes -exigió Gerard con severidad, su mirada se volvió pesada-. Nosotros te ayudaremos, pero debes hacer lo que te diga.
-No te entiendo, ¿qué está pasando?, ¿qué son esas personas que aparecieron de repente?, ¿qué eres tú y tus amigos?
Gerard prolongó un suspiro pensando qué responder.
-¿Por qué quieren matarme? ¿qué tengo que necesiten de mi? ¡di algo! -volvió a hablar la fémina, esta vez con mayor desesperación.
-Quieren tu sangre Rachel -susurró Gerard, manteniendo la serenidad. A ella le recorrió un repeluzno por todo el largo de su espalda-, por eso te necesitan.
-Me necesitan -repitió la chica, vacilando.
-Lo demás es difícil de explicar... -Gerard hizo una pausa. Rachel no le quitaba la mirada de encima sin importar que estuviera sentado en una silla recargada en la pared frontal, a pesar de que parecía atolondrada- no somos humanos, aunque lo fuimos alguna vez. Nos alimentamos de sangre fresca y tibia; somos controladores, astutos, nos gusta cazar. Te dará alguna idea. Pero a pesar de eso también somos unos espectros, manejamos el entorno a nuestra conveniencia.
Rachel no tardó mucho en asimilar sus palabras.
-¿Vampiros... espectrales? -articuló la muchacha, confundida y sin llegar a entender todo completamente.
-Si así lo quieres ver, está bien.
-¿Y ustedes no quieren beber mi sangre? -chilló la chica, casi llegó a alarmarse de pensar en la posibilidad.
Gerard no mostró ningún signo que evidenciara lo contrario, mantuvo la compostura.
-No. Nosotros no bebemos sangre humana, sino de animales -explicó con pelos y señas.
-Entonces ustedes son... los chicos buenos -apremió Rachel, más apacible.
-Para mantenerte a salvo debes quedarte en esta casa -dijo Gerard, ignorando el comentario de la muchacha-. Si quieres vivir no podrás salir de aquí en unos días -puntualizó.
-¿¡Qué!? Pero no puedo quedarme, tengo que ir a la escuela y cosas qué hacer. Además mi... familia...
-Entonces vete, no te tendremos aquí a la fuerza -interrumpió a la chica-, pero te aseguro que si pones un pie fuera de la casa será suficiente para que uno de esos idiotas frustre tu vida.
A Rachel se le hizo un nudo en la garganta, no supo qué decir.
-Me quedo -susurró, resignada.
Gerard se puso en pie para ir a la puerta.
-Espérame aquí, avisaré a los muchachos. Tendremos que hacer guardia toda la noche.
La chica asintió, después Gerard salió de la habitación. Todos lo esperaban afuera, Frank con cara irascible.
-¿Ya la calmaste? Tengo hambre Gerard -rugió Frank arrugando la nariz.
-Debemos esperar al amanecer, ella aún está muy confundida y asustada. Y esos traidores deben estar afuera esperando el momento para atacar, saben que estamos débiles...
-¿Y qué le dijiste? -dijo Mikey, interrumpiendo a su hermano.
-Cree que somos buenos, que no queremos su sangre.
-¿Te creyó lo de los animales? -preguntó Ray interesado, Gerard asintió.
-Estaremos en problemas si deciden enfrentarnos, ya no tengo energía para pelear -escupió Mikey, volviendo al tema anterior-. Ese estúpido de Pedicone casi me rompe el cuello.
-Matt también se volvió más fuerte -agregó Ray-, casi no pude hacerle nada.
-Es porque ellos se han puesto a cazar a cualquiera que huela bien -dijo Frank, se acababa de cruzar de brazos y se había recargado en la pared del prolongado pasillo.
-Pero se ponen en riesgo, ellos no piensan en el peligro de matar deliberadamente -reiteró Gerard-. Hay otro problema... de hecho no estoy seguro de si sea un problema o no.
-¿De qué se trata? -inquirió Mikey.
Gerard desabrochó el botón más alto de su saco y dejó ver la gema azul que oscilaba de la cadena sujeta alrededor de su cuello. Sostuvo la piedra entre dos dedos.
-Tiene una fisura -susurró Gerard-. Debió causarla mi pelea con Bob.
Sus tres compañeros quedaron perplejos, sus ojos se habían turbado.
-¿Qué pasará si se rompe? -cuestionó Mikey, ávido.
-No tengo idea -respondió Gerard, moviendo la cabeza de lado a lado.
-Quizá te vuelvas uno de esos traidores -escupió Frank, frunciendo los labios.
-No sé.
-Christine murió y no nos había explicado mucho, aunque tampoco nos molestamos en preguntarle -vaciló Ray-. ¿Qué harás si se rompe?
-Es lo que voy a pensar Ray... mientras tanto olvidémonos de eso. Primero hay que resolver lo de Rachel, después arreglaremos esto. Así que, Mikey, tú cubre esta puerta; Ray, cuidarás las ventanas de la habitación desde el exterior; Frank, resguardarás la casa y todo el perímetro; yo me quedaré con ella. Si llegan a irrumpir creo que todos sabemos lo que tenemos qué hacer. Si nos va bien, al amanecer obtendremos nuestra recompensa.
Todos estuvieron de acuerdo, un momento después se separaron.
Gerard regresó a la habitación y cerró la puerta con cuidado.
-Regresé -susurró Gerard, volviendo a la silla frente a la cama.
Rachel se sobresaltó al escucharlo, dio un temblor leve y le clavó la mirada a Gerard que ya estaba sentado en la silla y con los labios fruncidos.
-P-pero t-tú acabas de-e sa-lir -balbuceó la muchacha, apuntando hacia la puerta.
-La percepción del tiempo para los humanos es mucho más lenta que para nosotros -explicó Gerard, sin sorprenderse por la actitud de la chica.
-Oh -emitió Rachel.
-Será mejor que descanses, yo estaré aquí para cuidarte Rachel.
-¿Te quedarás... aquí adentro? -preguntó en un respingo. Era evidente que no estaba satisfecha con la idea.
-Alguien podría aparecer aquí en cualquier momento, tu vida estaría en riesgo, así que dudo que sea un problema que me quede a protegerte... Aún no entiendes la magnitud de todo lo que está ocurriendo Rachel, es sorprendente -Gerard hizo una pausa para ampliando un suspiro-. Dejémonos de charlas, duerme ya.
-Sí -respondió la chica, cohibida.
Rachel aún estaba indecisa, miraba sus rodillas pensando en lo peor que podría ocurrirle... Se sacó la chaqueta y luego las zapatillas para después meter las piernas debajo de la cobija. Antes de recostarse deshizo la coleta de su cabello y lo sacudió un poco.
Echaba una mirada de vez en vez hacia Gerard, sólo para asegurarse de que él no vigilaba cada movimiento que hacia. De hecho nunca la miró, él estaba cruzado de brazos mirando al suelo, parecía ensimismado en sus pensamientos. Esto resultó un alivio para Rachel.
Ella estaba confundida, mas no exhausta. No podía conciliar el sueño aunque lo intentara. Estaba más ocupada por la inquietud, la angustia (además de que sus padres debían estar preocupados) y el centenar de preguntas que deambulaban por su cabeza, qué por la idea de dormir. ¿Cómo alguien podría estar tan calmado en aquellas hostiles circunstancias?
Dejó pasar el tiempo, sumido en silencio y enigma. Rachel escuchaba atenta la respiración de Gerard, sin embargo ya no se atrevía a mirarlo directamente. Se acomodó en posición fetal dándole la espalda ligeramente. Había pasado más de una hora y ella seguía sin pegar el ojo. Rodó unos minutos más en todo el ancho de la suave y enrome cama, hasta que quedó boca arriba y con los brazos a los costados.
-Lo siento, pero no puedo dormir -comentó la muchacha rompiendo el grueso silencio que los invadía; y reparando sobre las sabanas de algodón. Miró a donde Gerard, él estaba con los ojos bien abiertos, aún postrados en el suelo, y sentado en la misma posición que hacía más de una hora había adoptado-, y tengo hambre.
El muchacho trasladó los ojos del suelo a Rachel, su rostro era inescrutable.
-Tendrás que disculparme, pero nadie entra o sale desde que la puerta se ha cerrado. Por tu seguridad -finalizó.
-No dejas de decir eso -se quejó la chica, enfurruñada.
-¿Cómo dices? -preguntó Gerard sin comprender, y sin mucho interés en realidad.
-Sólo dices que corro riesgo, que estoy en peligro, que es por mi seguridad. En todo caso, ¿por qué lo hacen?, ¿qué ganan con ayudarme? -bramó Rachel con desesperación.
Gerard corrigió su postura, deshaciendo el nudo con sus brazos y acomodando su saco.
-Porque nosotros... -el muchacho desvió la mirada, llevándola hacia un espejo que pendía en la pared- no matamos humanos buenos.
El rostro de la joven se crispó, estaba más atolondrada que nunca. Incluso comenzaba a sentir un dolor punzante en la cabeza, no sabia si era porque tenia hambre o por todo lo que estaba ocurriendo y todas aquellas preguntas y especulaciones que la estaban atormentando en sus pensamientos.
Rachel separó los labios para soltar su primer pregunta, ya que estaba muy impaciente y deseosa de obtener respuestas de ese extraño chico que ni siquiera se dignaba a mirarla más de dos minutos.
-¿Y por qué ellos son diferentes a ustedes? -cuestionó apresuradamente. Antes de que Gerard le respondiera o se limitara a prestarle un poco de atención, lanzó la siguiente pregunta-: ¿Tiene que ver con las piedras que llevan en el cuello?
Ella, evidentemente había notado las gemas azules en Gerard y sus tres amigos, pero no en el rubio que quiso atacarla cuando Frank la llevaba del brazo.
El muchacho no se mostró sorprendido ante las repentinas preguntas de Rachel, más bien le pareció extraño, aún así estaba decidido a responderlas.
-Eres observadora -atinó a decir-. Quizá. No estamos del todo seguros, pero estas gemas son algo importante para nosotros -Gerard se había llevado una mano al pecho para acariciar la piedra azul electrico sumamente brillante.
-¿Por qué? -preguntó la chica, pero enseguida se arrepintió de haberlo hecho pensando que se estaba entrometiendo en lo que no le incumbía-. Lo siento, no quiero parecer entrometida.
Los labios de Gerard se curvaron, pero en lugar de parecer molesto era como si estuviera agradecido de que por primera vez en muchos años alguien tuviera la decencia de preguntarle algo. Tomando en cuenta el hecho de que él y sus amigos no interactuaban con humanos (sólo en ciertas ocasiones antes de llevarlos a la muerte) lo que los llevaba a comportarse de un modo huraño y hostil.
-Está bien. Nosotros ya no somos humanos, no tenemos alma, sólo somos fantasmas hambrientos vagando por las calles de noche. Pero ellos... son una cosa distinta -afirmó desairadamente.
-No te entiendo -gimió la chica, en voz tenue.
Gerard llevó su mirada por todo el largo de las paredes, luego por un buró al lado de la cama, miró la cama y luego a Rachel, para terminar por plantar los ojos en el espejo ovalado que veía en un principio. Intentó suspirar, pero ahogó el intento.
-Podré darte algo de comer al amanecer, cuando sea seguro salir -masculló el muchacho, llevando obstinadamente las palabras por otro rumbo.
-¿Cómo...? -gimió Rachel, quien no comprendía el repentino giro de la conversación-. ¿Por qué? -susurró, siendo esta su única pregunta posible.
-Sólo "cazamos" por la noche, cuando todos duermen y están indefensos (incluso los animales). Nuestros enemigo no dejaran de acecharte hasta que el sol salga -explicó de forma tranquila, esperando que así se despejara al menos una duda de la chica.
-¿Les ocurre algo con el sol, se vuelven cenizas? -preguntó enseguida la muchacha, con los ojos saltados de la curiosidad.
Gerard mostró una sonrisa ladeada, amistosa. No había dado a conocer aquel lado suyo en mucho tiempo, menos con una humana. Incluso él sintió la diferencia, así que transformó su semblante recobrando la postura seria. A continuación respondió:
-¿Cenizas? No, para nada. El sol no puede causarnos ningún daño, simplemente es más seguro alimentarse por las noches.
La respuesta viajó brevemente por los pensamientos de Rachel imaginándose una vida nocturna sólo para poder comer. Pero que ese alimento fuera a base del fluido rojo oscuro que cruzaba por sus venas la estremeció de un modo inusual. Movió de lado a lado la cabeza en un intento por olvidar sus creativas ideas.
Al posar los ojos una ocasión más sobre la silueta oscura del joven, un nuevo deseo atravesó la cabeza mordaz de Rachel...
-Me llamo Gerard -silbó el muchacho.
La estupefacción acobijó a la chica. ¿Cómo había adivinado Gerard lo que quería saber... o asegurar?, ya que horas antes había escuchado su nombre y ella simplemente quería corroborar el hecho.
-¿Puedes leer mi mente? -balbuceó Rachel.
-No. Supuse que eso querías saber -susurró Gerard en tono amable.
La chica, complacida, soltó una risita relajando los músculos de su rostro. Fue así como Gerard se dio cuenta de que la tensión que poseía a la joven se había disipado.
"Está lista", pensó Gerard recordando lo hambriento que estaba. "Será bueno llamar a los muchachos para alimentarnos de una buena vez..."
-¿Desde cuando eres así? -preguntó Rachel, desviando las intenciones de Gerard.
Él aguzó el oído para asegurarse de que nadie había notado la anormalidad... no escuchó ningún paso, ni lejos ni cerca, enseguida decidió hablar con toda la verdad.
-En 1999, cuando aún eramos humanos Mikey, Ray, Frank y yo planeamos un viaje hacia el bosque. No era para nada el tipo de cosas que nos gustaba hacer, nosotros preferíamos las fiestas que andar perdiendo el tiempo en acampar y esas estupideces, pero lo hicimos de todos modos por una maldita apuesta... La primera noche que pasamos en medio del bosque fue horrible, escuchamos risas y pasos hasta que amaneció. Nadie pudo dormir. Durante el día estuvimos avanzando para llegar a una cueva y lo logramos pero no estaba vacía. ¡Alguien vivía allí! Era una mujer muy extraña, tenia el cabello plateado como si fueran canas pero parecía muy joven para tenerlas. Su nombre era Christine. Se comportaba de un modo inusual, parecía una enferma mental (creímos que era ella la que nos había rondado por la noche). Íbamos a irnos del lugar cuando de un bolsillo de su vestido, exageradamente remendado, sacó cuatro gemas azules con la forma de un durazno diminuto. Nos las obsequiaba, y claro, nuestra ambición y avaricia era tan grande que no íbamos a ignorar tan encantador detalle. Nos las colgamos al cuello tan pronto las tomamos de su mano, en segundos ella comenzó a reír como loca estrafalaria. No comprendimos por qué, pero después, cuando dejó de reír, una sensación y sentimientos extraños nos inundó. Como la sensación de estar vacíos y una tremenda soledad te rodeara, en ese momento caímos en un trance profundo. Fue como un sueño completamente surreal, no supimos cuanto tiempo duró. Cuando despertamos ya no estábamos en la cueva húmeda y fría, sino aquí. Christine dijo que era la casa de su padre, perteneció a su familia por varias generaciones; también sugirió que nos quedaramos a vivir aquí porque tenia muchas cosas qué explicarnos. Aceptamos pues aún estábamos aturdidos por el trance. Ella comenzó a hablar, parecía más cuerda que cuando la conocimos en la espesura del bosque, pero sus palabras no tenían coherencia: "Las gemas que les obsequié estaban malditas, yo las maldije", nos confesó Christine, sonriendo como si se tratara de una broma. Luego nos reveló que era una especie de bruja y que nosotros mismo nos habíamos condenado al tocar las gemas... Así que, en pocas palabras, llevo 12 años siendo así.
La mandíbula de Rachel había caído un centímetro quedando boquiabierta, sin formular palabra. No podía asimilar el hecho de que Gerard le hubiera contado toda su increíble historia, siendo que ella le había formulado una pregunta tan simple. Pero además, nuevas incógnitas surcaban sus sesos, deseosa de que el muchacho develara más de sus secretos, si es que podía llamarlo así. Quería saber sobre sus amigos, sobre su vida e inclusive sobre los enemigos que la estaban buscando (tembló levemente sólo de recordarlos).
-Pero ¿y qué pasó con Christine? -preguntó, esperando que Gerard contestara rápido para bombardearlo con las siguientes cuestiones que tenia listas.
-Murió tres años después de habernos transformado -respondió el chico, sin entusiasmo.
Rachel se le quedó viendo de hito en hito, sorprendida. No se esperaba esa respuesta.
-¿Cómo? -chilló con tono de decepción.
-Ella también creó a nuestros enemigos -comenzó Gerard, a la muchacha le hervía la sangre, sabía que esta era una nueva y emocionante historia-, pero con la idea de que fuéramos aliados. La maldición que ocupó con ellos fue diferente, hechizó una copa de oro de la cual bebieron un vino muy fino. Esto hizo que las almas abandonara sus cuerpos, convirtiéndolos también en vampiros pero no resultaron igual que nosotros. Eran más voraces y violentos, sumamente sádicos. Lo primero que les vino a la cabeza al despertar del trance en el que cayeron (más corto que el de nosotros) fue el deseo de asesinar. Christine se encontraba presenciando su despertar y segundos después... fue ella la primer presa.
Gerard calló, cortando la historia. Se levantó de la silla encaminándose al otro extremo de la habitación, en la pared donde el espejo enmarcado con madera de álamo adornaba el vacio. Se postró frente al espejo para contemplar su reflejo.
El nudo en la garganta que consumía a Rachel desaparecía de a pocas, había seguido con sus centelleantes ojos azules a Gerard.
-¿Por qué ustedes son diferentes a ellos? -gimió con dificultad.
-Te comenté que no somos humanos, no tenemos alma pero... -Rachel sintió la necesidad de levantarse de la cama, dejar de ser algo más en la habitación, para dirigirse a la misma pared donde estaba plantado el muchacho y acomodarse a su lado- aún conservamos una parte humana y está guardada aquí.
Levantó la gema a la altura de sus rostros sin dejar de observarse a través del espejo.
-La gema -susurró Rachel, volviendo los ojos hacia los de Gerard.
-¿Has escuchado o leído en algún lugar "Los ojos son el espejo del alma"?
-Aja -asintió Rachel.
-Mira mis ojos a través del espejo -ordenó Gerard, su seriedad se volvió más profunda.
-Parecen... vacíos.
-Lo están porque no tenemos alma, aún así nos sentimos vivos gracias a las gemas. Christine que nosotros mismo nos condenamos, pero pienso que a pesar de todo tuvo una pizca de compasión al dejarnos conservar algo de nosotros...
-¿Por qué hizo todo esto? -exclamó Rachel, sin levantar mucho la voz.
-Porque a ella le habían arruinado la vida. Y ella quería que personas tan egoístas como nosotros valoráramos un poco nuestra existencia, pero no lo hicimos hasta que nos convertimos en esto -escupió Gerard, con cierta ira.
El rostro de la muchacha volvió hacia el de el muchacho, evadiendo el reflejo del espejo.
-Si veo tus ojos directamente puedo ver un brillo -agregó Rachel, tratando de no pensar en lo ultimo que había recitado el muchacho que permanecía a su lado.
-¿Qué clase de brillo? -inquirió Gerard confundido, giró la cabeza para ver de frente a Rachel.
-Como el que tiene una persona feliz.
-¿Crees que me siento feliz? -cantó el chico.
-No sé, solo digo lo que veo... -la situación se había tornado incomoda, de todos modos Rachel no dejaba de contemplar a Gerard, ni él a ella-. Hay otra cosa que quiero saber de ti.
La muchacha comenzó a elevar una mano sin sospechar cual seria el resultado.
-Dime.
-¿Puedo tocarte? -preguntó, cuando su mano ya estaba a escasos centímetros de una mejilla de Gerard.
Gerard asintió, permitiendo que la mano de la chica tocara su pómulo. Él posó su mano sobre la de ella estrechándola más contra su rostro. Rachel tan solo lo había hecho con la intención de saber si su piel era de un frió glacial como se ve en las películas o libros, sin embargo al tocarlo su duda se despejaba y lo que esperaba sentir era todo lo contrario: la piel de Gerard estaba tibia y muy suave.
-¿Satisfecha? -cuestionó él, sintiéndose complacido de percibir el tacto cálido de Rachel, ya que no deseaba soltar su mano. A decir verdad Gerard se sentía extraño, un remolino de emociones se instalaron en su estomago.
-No en realidad, creí que tu piel seria fría -vaciló.
El joven vampiro sonrió ante tal comentario.
-Me gusta como te ves cuando sonríes Gerard -dijo después, ciertamente apenada.
-No lo hago a menudo.
-Deberías.
Rachel comenzó a bajar la mano, dejando de sentir la piel tersa del muchacho.
-No lo hagas -le contradijo él, tomándola por la cintura para acercarla a su cuerpo-, me gusta cómo se siente.
Ella estaba perdida en los ojos de Gerard, como si estuviera bajo un hipnotismo. Lo más probable es que no le había ocurrido antes pero se cernía sobre ella una tremenda atracción indescriptible hacia él. Dejó que la situación la dominara, le envolvió el cuello con sus frágiles brazos acariciándole el cabello de la nuca. Ninguno decía nada mientras que sus rostros se acercaban mutuamente. La respiración de Rachel se volvió lenta, captando cada detalle a su alrededor; mientras que la de Gerard se detuvo. Al mismo tiempo que sus ojos se cerraron, los labios de Gerard alcanzaron a tocar los de Rachel, con suavidad y haciendo movimientos lentos.
No lo podían concebir, era una experiencia nueva para ambos. Rachel nunca había besado a un chico vampiro, jamás pasó la idea por su cabeza; y Gerard tampoco había besado a una humana desde su transformación. Es más, no sentía afecto, cariño o atracción por alguien desde hace más de 12 años... o quizá nunca la había sentido.
Luego de que se alejaron, lo primero que se instaló en los pensamientos de Rachel fue que los labios de Gerard era lo más dulce que tuvo la oportunidad de probar en su vida. Gerard no pudo comprar la experiencia con nada.
La chica le sonrió ante tan profunda y embriagadora mirada que le otorgaba.
-Será mejor que descanses Rachel -murmuró Gerard, conteniendo el aliento maravillado.
Ella aceptó sin decir palabra. Caminó hacia la cama y se apresuró a meterse entre las cobijas.
No tuvo planeado dormir pronto, pero sin esperarlo el sueño se apoderó de su ser quedándose dormida a los pocos segundos.
El muchacho la acechaba con los ojos saltados. Enseguida empezó a estrujarse la cabeza con ambas manos, deseaba rebanarse el cerebro, masticarlo y escupirlo en el primer cesto de basura o algo así. No comprendía absolutamente nada. ¿Cómo así de repente tenia un sentimiento por la muchacha? ¿Qué tenia de especial...? ¿Serian sus labios de miel o quizá sus ojos de diamante?
[...]
La noche pasó lenta e intangible. Todo lo ocurrido no dejaba de atormentar pertinazmente a Gerard, pero bajo cualquier circunstancia no dejó de contemplar a Rachel, enfundada en las cobijas. Pronto, el amanecer embargó sus raciocinios. Era hora de despertarla... a pesar de no querer hacerlo.
Se acercó hasta la cama, inclinándose un poco sobre la chica que resoplaba suavemente conforme respiraba. Un mechón de su cabello le cubría gran parte del rostro. Con una mano dispuesta y un movimiento grácil, Gerard apartó los cabellos que estorbaban para poder apreciar el lindo rostro que necesitaba ver. Le acomodó el cabello detrás de la oreja, entonces pudo acariciar sus mejillas blandas.
-Rachel -susurró Gerard, su aliento arrebatador llegó hasta la nariz de la chica quien inhaló profundamente, deseosa.
Estuvo a punto de abrir los ojos cuando el crujido de la puerta anunció la entrada de los compañeros de Gerard. Éste se alejó inmediatamente de Rachel, pero de todos modos lo habían visto.
-¿Ya es hora? -preguntó Frank, retorico.
El muchacho se puso nervioso, desvió la mirada y terminó asintiendo con pesar.
-Ray, Mikey, despiertenla -ordenó con desilusión-. Frank, vamos a fuera un momento.
Frank se dio la media vuelta obediente, Gerard lo siguió hasta salir al pasillo desértico. El silencio no se hizo esperar y el más joven de los dos ya comenzaba a formar conjeturas. Y es que era obvio. "Gerard no mira de esa forma a las mujeres", pensó Frank.
-¿Qué pasa? ¿Te traes algo con esa humana? -bramó Frank sin ocultar la rabia que casi siempre lo caracterizaba.
-No estoy seguro -confirmó Gerard, con los ojos clavados en el suelo-. Ella es diferente.
-Eso no nos interesa, tenemos que alimentarnos de todos modos. Sabes mejor que nadie que no podemos retractarnos en cuanto a la selección.
-Lo sé -dijo Gerard, cabizbajo.
-¿Qué hay con la gema? ¿ya pensaste algo?
-Tengo una hipótesis. Creo que si se rompe me volveré uno de ellos, sabes por qué. Se me ocurrió que podría ocultarla en algún lugar de la casa y seria mejor que utilizara una falsa, por precaución.
-Estoy de acuerdo -asintió Frank-. Ahora, debemos comer.
Como si no lo hubiera escuchado, Gerard se adelantó para entrar a la habitación antes que él.
Rachel ya estaba despierta, sentada a la orilla de la cama. En cuanto vio a Gerard aproximarse, esbozó una sonrisa amplia y radiante.
-Es hora -resopló Ray, mantenía los brazos cruzados sobre el pecho.
En los labios de Gerard se formó una mueca. Notando esto, el semblante de Rachel cambió suponiendo que no venia nada bueno. Él la miraba a los ojos, su rostro gemebundo no develaba una buena señal.
-Hazlo ya -pidió Mikey detrás de él.
-Lo siento Rachel -susurró Gerard, con un sonido tan bajo que la chica no logró descifrar lo que le había dicho.
Él se concentraba sumergido en los ojos celestes de la chica, confiando en sus dotes... Un segundo más tarde ella volvió a cerrar los ojos adentrándose en una profunda ensoñación.
Frank cruzó a los muchachos para ir tras Rachel. Levantó el cuerpo dormido de la joven entre sus brazos, quedando las manos de ella fluctuando a los costados de su cadera. Tenia la cabeza ladeada, exponiendo su cuello delgado y vulnerable. Sin esperar más Frank le soltó una mordida voraz absorbiendo la sangre mitigadamente, saboreando el preciado fluido.
Ray y Mikey se acercaron por los lados, cada uno tomó un brazo de Rachel e hicieron lo mismo que Frank, le clavaron los colmillos de un tiro.
Gerard estaba pasmado, contemplando la escena con un ajeno sentimiento de tristeza que lo embargaba. ¿Cómo Rachel podía provocarle tan intensas emociones?
Pasados unos minutos Frank volvió el rostro, ya estaba satisfecho y ya no se sentía tan malhumorado.
-Tómala -le dijo el de ojos avellana, sin importarle el duelo de su compañero.
El joven de cabello rebelde hizo caso, en la mente le recorría la idea de que sólo así podría poseer lo más preciado de Rachel... Ocupó el lugar de Frank, sujetando la espalda de la chica con una mano y la cabeza con la otra, ya nadie más disfrutaba del alimento que proporcionaba. De sus muñecas escurrían delgadas lineas de sangre como pequeños ríos carmesí. Pero ahora toda era para Gerard, cada centímetro de su cuerpo mortal. Acercó sus labios a los de Rachel, miró por un instante sus ojos cerrados imaginando que dormía. Luego le encajó los colmillos en los labios rojizos y suaves; mordiendo, absorbiendo la sangre y besándola, todo a la vez... y aún así, no dejaba de pensar que el amor se le escapaba de las manos.
[...]
8 días después
El gran salón era tan frió como de costumbre. Las cortinas estaban abiertas dejando el paso libre a los rayos de sol matinales.
Sólo tres jóvenes ocupaban lugar en la enorme mesa circular. Uno de ellos, el más joven, posaba sobre la mesa los dedos entrelazados. Estaba de muy mal humor.
-Gerard no ha llegado, comencemos sin él -farfulló Frank, bufando de coraje.
La puerta se abrió emitiendo un gran estruendo y dejando entrar a Gerard. Caminó a prisa hacia la ventana ignorando su asiento en la mesa.
-Ni siquiera piensen en comenzar sin mi -bramó Gerard.
-¿Dónde estabas? -preguntó Frank de mala gana y bajando la voz.
-En un funeral, pero es algo que no te incumbe Iero -respondió Gerard, pero esta ocasión con serenidad.
-Como sea -escupió el de ojos avellana.
Ray sacó una agenda de debajo de la mesa, la dejó caer frente a su puesto preparado para abrirla. Mikey se acomodaba las gruesas gafas en el puente de la nariz aguardando.
-Entonces... -habló Gerard, con los ojos puestos en el verde horizonte, elevando la mirada al cielo con la esperanza de ver los ojos de Rachel dibujados entre las nubes blancas- ¿quien sigue en la lista?
FIN
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