Me embriagué de aquel vino de miel
del capullo lunar que las hadas
recogen en copas de jacinto:
los lirones, murciélagos y topos
duermen en las grietas o en la hierba,
en el patio desierto y triste del castillo;
cuando el vino derraman en la tierra de estío
o en medio del rocío se elevan sus vapores,
alegres se tornan sus venturosos sueños
y, dormidos, murmuran su alborozo; pues son pocas
las hadas que portan tan nuevos esos cálices.
Percy Bysshe Shelley
1
Desde pequeña una sola cosa me daba vueltas la cabeza: mi vida monótona. Era una chica normal, tan común y tan corriente, con padres divorciados -había tenido que quedarme a vivir con mi padre luego de que mi madre encontrara un empleo en California, yo no pretendía alejarme de Nueva Jersey. Nunca-, y un mejor amigo de toda la vida, Frank Iero. Él, como siempre dice, es la pizca de locura que ayuda a que siga en pie en mi mundo circular. Estaba claro, sin él la preparatoria seria un infierno.
Podía decirse que yo soy como una nube gris, sin vida y sin forma especifica. Una sola característica podia destacarme de alguien más, aunque no me hacia más interesante tampoco. Mi afición por las hadas, a coleccionar sin fin de objetos sobre estos seres minúsculos y bellos. Tenia figuras de porcelana, algunas de arcilla, , afiches, monederos, bolsas, incluso ropa, que llevaban la imagen de una pequeña niña alada, o bien un joven muy guapo, de ropas extrañas y prominentes alas similares a las de una libélula. Yo misma hacia dibujos de mi propia imaginación. Mi obsesión la llevaba al punto de vestirme lo más similar (al mismo tiempo normal) a lo que seria una hada. En mi closet guardaba montones de medias rayadas, blusas con transparencias y rasgadas, y faldas de tul o con lentejuelas brillantes. Frank suele atribuirle la culpa al hecho de mis fervientes deseos de cambiar mi vida, darle un giro inesperado, cumplir deseos. No quería creerlo por supuesto.
Estaba en mi cuarto, tumbada panza abajo sobre la cama, leyendo un libro de Robert Kirk. Tenia las cortinas de la ventana abiertas para que el viento circulara a su libre deseo. El cielo apenas empezaba a oscurecer, pero las estrellas y la luna ya alumbraban el horizonte.
Escuché ruido abajo, probablemente provenía de la cocina. Debe ser papá, pensé.
-¡Anya!- gritó mi padre jovial.
Me llamaba para que bajara a cenar.
Cuando entré a la cocina sentí mis tripas gemir, no de hambre, sino de ver el desastre que había dejado mi padre, como cada noche. Un cerro de trastes sin lavar, salpicaduras en el piso y en la estufa de la salsa para la pasta, en fin. Apenas me acostumbraba. Después de cenar me dispuse a ordenar y limpiar la cocina, no me quedaba de otra.
-Tengo que convencer a papá de que yo puedo hacer la cena todas noches- murmuraba para mi misma. Lavaba un vaso de vidrio con sumo cuidado, tenia miedo de que se resbalara de mis manos-, ademas, a mi me salen mejor las cenas...
Tardé al menos una hora haciendo limpieza. Subí a mi cuarto y encendí el ordenador, ya había terminado mis deberes así que podía vagabundear por internet todo lo que quisiera. Lo primero que hice fue iniciar mi sesion, el primero en hablarme (o el único) fue Frank.
-¡Tonta! ¿Dónde estabas?- escribió rápidamente, rodeé los ojos y me dispuse a escribir.
-Limpiaba la cocina, ¿ya terminaste la tarea de matemáticas?- respondí.
-No, pero mañana me la puedes pasar, no quiero equivocarme.
-Ya sabes que si, pero podrías hacer algo por ti mismo, al menos una vez...
Continuamos charlando largo rato, mientras escuchaba a The Birthday Massacre y buscaba nuevos dibujos de Amy Brown.
Al cabo de tres horas me fui a la cama. Otro día más termina por fin, me decía mentalmente. Veía por la ventana las pequeñas estrellas que moteaban el cielo oscuro, tardé un poco en conciliar el sueño...
Después, en el transcurso de la noche, me sentía inquieta con un pesar en el pecho.
Cuando desperté intentaba asimilar el sueño que había tenido.
-Ay no, otro sueño de esos- murmuré.
Casi todo el tiempo creía ser una chica bastante normal, pero cuando pasaba noches como la anterior, cuando tenia esos sueños estrafalarios, me sentía igual que un bicho raro. Desde que era pequeña me pasaban cosas como esa, la primera vez fue cuando tenia cinco años. Había sido un sueño aterrador (al menos eso pensé cuando desperté), mamá me acababa de comprar unos patines en linea y, sin poder esperar un segundo más, me los puse... pero tan pronto me estampé contra el suelo. Me levanté con los ojos vidriosos y un horrible dolor en la mandíbula, vi al suelo y ahí estaban todos mis dientes pequeñitos y ensangrentados. Desperté alarmada y corrí al espejo más próximo, aún tenia los dientes en su lugar, sin dolor. AL salir del baño choque contra la puerta, un diente se me cayó... En otra ocasión, una de las más perturbadoras, fue cuando soñé que mi casa se inundaba (tenia trece años), intentaba salvar mis cosas pero era en vano, cuando el agua me rodeó se volvió sangre... espesa, oscura y abrumadora. Cuando desperté las sabanas estaban manchadas de sangre, ese día comenzó mi primer periodo menstrual.
Lo que esta vez me alarmaba era algo totalmente diferente, pero tenia la total seguridad de que era uno de esos sueños, era más que obvio.
La negrura me había rodeado, estaba sola, y de mi emanaba una luz blanquecina, pero aún así no lograba ver nada más allá de mis pies. Entonces apareció alguien, o algo, no sabia que era en realidad. Una figura oscura y de pálida piel se acercó, tenia el mismo brillo que el mio. Sus ojos eran profundos, pero era un color bien extraño, una combinación de verde y rojo conjugando con unas ojeras bajo los parpados. Sus labios se movían vehementes, no percibí que era lo que decía. Después calló, para esbozar una sonrisa amplia y maliciosa, unos dientes puntiagudos y afilados salieron a relucir. Mis ojos se crisparon, mi corazón se aceleró, me iba a desmallar, ¡era un vampiro!
Pero no entendí, ¿qué quería decir ese sueño?
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Con faltas de ortografía y toda la cosa, después editaré :)
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